Todos necesitamos una motivación para despertar cada día. Todos necesitamos un sueño, una meta, una expectativa de felicidad en el horizonte. Somos seres con inteligencia y voluntad, no nada más reaccionamos para sobrevivir, somos dueños de nuestras decisiones y del rumbo de nuestra vida y por eso necesitamos reafirmar continuamente las razones por las que seguir adelante en nuestro camino incierto.Es por eso que siempre ponemos un pedazo de nosotros en la esperada felicidad futura, que nos da energía en el presente. Cuando somos niños la ponemos en juegos, amigos, buenos resultados en la escuela. Luego crecemos y empezamos a ponerla en las personas de las que nos enamoramos. Crecemos más y apuntamos más lejos, a la carrera profesional, a la familia que formamos, a dejar huella en el mundo.
Esta necesidad que tenemos de anclar nuestra motivación en una idea de felicidad futura tiene el riesgo de hacernos olvidar que somos nosotros los que llevamos el volante de nuestra vida... y es cuando nos olvidamos de esto que creamos apegos innecesarios a otras personas, a objetos o a situaciones que pueden fallarnos u ocurrir de la forma que no esperamos, tirando al suelo nuestra motivación para vivir y haciéndonos sentir a veces pánico y desorientación del rumbo de nuestra propia vida.
Yo creo que esto nos ha pasado a todos. Es parte del proceso de madurar y entender quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. A veces es más fácil fijar un rumbo específico, poner el piloto automático y dejarnos llevar, ignorando completamente el hecho de que la vida es impredecible y hay que estar preparados para decidir por nosotros mismos, independientemente de los demás y de los planes que pudiéramos haber hecho.
Le he dado muchas vueltas a esto, porque soy una persona que vive de las expectativas de felicidad, que le gusta tirarse al vacío por un sueño... y por lo tanto, una persona que se decepciona mucho.
Al final, creo que apegarse a alguien o a algo, siempre es malo. Todos cometemos errores, todos somos imperfectos y todo en este mundo es temporal. No podemos anclar nuestra motivación para vivir en alguien o en algo. Nuestra felicidad no puede depender de alguien o de algo. Tenemos que saber amar a las personas sin apegarnos a ellas, disfrutar lo que la vida nos dé sea lo que sea, vivir la felicidad en el presente y tener siempre el control del rumbo de nuestras decisiones. Que nuestra motivación sea simplemente vivir y vivir lo mejor que podamos.
1 comentario:
Se dice muy fácil pero qué difícil es desapegarnos de aquellas personas que más queremos o amamos.
Sin duda el apego a una persona en exceso es destructivo, sobre todo porque al final dejas de pensar en ti por pensar en aquella o aquellas personas que están cerca de tí.
Sin embargo te propongo una reflexión... ¿Son las personas quienes cambian nuestras vidas?
Muchas veces nos encontramos con personas que nos sirven de motivación o se vuelven retos en nuestras vidas, no necesariamente en el ámbito personal pero también profesional.
Cuando tomamos decisiones, constantemente estamos influenciados por comentarios, vivencias de otras personas y al final nos damos cuenta de que esa vida por la que tenemos que preocuparnos en vivir felices está prescisamente hecha en un porcentaje considerablemente alto en mi opinión de personas alrededor nuestro; nuestra familia, nuestra pareja, los amigos, el jefe... en fin.
Uno elige cambiarse de carrera, casarse, empezar un noviazgo, vivir solo, comprar cualquier cosa... en fin... y al final lo hacemos motivados e impulsados a veces por gente que ni conocemos; una herramienta que la gente en mercadotecnia conoce muy bien.
Yo eligo en donde estoy y para donde voy... pero no puedo negar que las personas alrededor de mi vida han formado parte importante de lo que soy.
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