domingo, 17 de enero de 2010

La soledad de la inteligencia


Hace poco escuché a alguien decir que ser inteligente es estar solo.

Tiendo a no compartir las generalizaciones, porque en el mundo abundan las excepciones, pero en este caso me inclino a estar de acuerdo. Ser inteligente significa ver algo que los demás no pueden ver, significa sentir algo que los demás no pueden sentir, significa sufrir la presión de la responsabilidad de tener una vida de consecuencias inmortales y enfrentarse continuamente a la frustración de no poder comunicar o compartir una visión diferente del mundo.

Esta visión puede estar escondida entre los símbolos que conforman una ecuación matemática, en un conjunto de acciones que podrían transformar el orden socio económico, en un patrón de complejidad que hace funcionar el universo y la vida, o en una combinación de color, armonía, luz y simetría que revolucionan la percepción estética.

La visión de la persona inteligente puede ser enfocada y específica como la de un científico, profunda y recursiva como la de un filósofo o dispersa y espontánea como la de un artista.

Existe un tipo de inteligencia particularmente solitaria e intangible. Se trata de un estado continuo de hiperconciencia existencialista como la que describe Dostoievski en sus Memorias del Subsuelo. Se trata de tener claridad sobre aquello esencial que es invisible para los ojos, como diría el Principito de Saint-Exupéry.

El hombre hiperconciente ve el mundo con una mezcla extraña de racionalismo y sensibilidad. Pensar y sentir son inseparables en su sistema. Cuando observa algo, aprecia tanto la lógica como la belleza de su existencia. Puede enfocarse para reconocer la cadena de causas de un problema y sentir el dolor consecuente como motivación para encontrar la solución más justa. Puede dar el salto al vacío de la fe en Dios y contemplar la maravillosa simplicidad de la razón de su existencia.

Dormir es un problema con tanto qué pensar y sentir. Al hiperconciente le cuesta separar los grandes problemas del mundo de los pequeños problemas de su vida diaria. No puede evitar conectar la ropa que se pone, la electricidad que usa y el alimento que come, con los grandes ciclos económicos y las personas sin rostro que sufren por ellos en otro rincón del planeta. El mundo se le presenta como una serie infinita de contradicciones. Entiende la lógica de la economía, pero le frustra su injusticia. Entiende el rol que debe jugar en la maquinaria social, pero le come por dentro la determinación de cambiarla. Ve su vida al mismo tiempo como el tesoro más grande que tiene y un punto insignificante en la inmensidad del universo.

Así es... una persona inteligente, racional y sensible. Un ente solitario que ve el detalle donde los demás pasan de largo, que percibe gestos invisibles, que continuamente falla en su intento por entender lo que siente y sentir lo que entiende. Un soñador que al mirar al cielo nocturno contempla simultáneamente la belleza conmovedora de las estrellas y la fascinación del misterio de su propia existencia.

1 comentario:

María Sánchez dijo...

¿Te has planteado alguna vez la frase "En la ignorancia está la felicidad"?